dic
15
2010
Autor: Eduard Altarriba Comentarios: ?
Una de las ventajas de la modernidad, tal y como la entendieron los positivistas más optimistas, era poner fin a la amenaza constante de los cuatro jinetes del Apocalipsis: el hambre, la muerte, la guerra y la Peste,que se ensañaban con las poblaciones de la Edad Media. Al fin y al cabo, la ciencia y la tecnología no dejan de ser una respuesta cultural que nos permite reducir nuestra dependencia de los vaivenes de la naturaleza. ¿Lo hemos conseguido? La respuesta es un no del todo. Si segmentamos la humanidad, una minoría se acerca bastante a los niveles de seguridad prometidos por la modernidad pero una mayoría sigue sujeta a las inclemencias socio-económicas y meteorológicas.
Aunque no nos engañemos: esto siempre ha sido así. Ni durante las hambrunas más salvajes del la edad media se recuerda ver a reyes u obispos pasando hambre. Lo cierto es que la comida siempre ha sido un bien en el sentido mercantilista del término, sujeto a la acumulación, la venta y la especulación. Lo único que ha cambiado desde entonces hasta ahora es la extensión y la escala de su mercantilización. Este reparto desigual de los alimentos, es algo que la actual globalización no sólo no ha solventado, sino que ha fracasado estrepitosamente en las buenas intenciones recogidas por los Objetivos del Milenio.
La creciente globalización a menudo comporta que millones de pequeños productores vean como sus economías de subsistencia son barridas por los intereses de las grandes multinacionales y la lógica de los mercados. Cuando la comida se convierte en una commoditie sujeta a especulaciones y fluctuaciones financieras, el resultado es una pérdida de control sobre los recursos alimentarios por buena parte de la población.
Así, en este contexto tan volátil en el que ni los propios mercados se controlan a sí mismos, el control sobre los recursos alimentarios es vital para millones de personas en situación desfavorecida que dependen de un sistema que no controlan y sobre el que no pueden influir. Estamos hablando de millones de pequeños agricultores, ganaderos y pescadores que constituyen, de hecho, la mayor parte de la población del planeta. Estamos hablando de soberanía alimentaria, a menudo precaria, pero que permite cultivar una parcela de dignidad y asegurarse un sustento básico a esta inmensa mayoría de personas.
Claro que nosotros, desde nuestra cómoda posición, con las necesidades básicas cubiertas, hemos olvidado que hace pocas generaciones también dependíamos de la tierra, de las incertidumbres meteorológicas y del precio del pan. Y si bien es cierto que la tranquilidad de abrir la nevera y encontrarla rebosante nos permite utilizar el tiempo en estudiar, hacer política o espachurrarnos en el sofá, también es cierto que una buena parte de la humanidad no tiene esta necesidad primaria resuelta por lo que sus prioridades vitales se reducen a una supervivencia sin adornos.
La comparativa entre unos y otros no admite otro adjetivo que el de injusto, si es que nos atenemos a los principios de igualdad y fraternidad que pomposamente proclaman las organizaciones internacionales. Pero nosotros que hemos acabado con buena parte de nuestra agricultura y ganadería porqué resulta más barato importar fresas de América o bananas del Gabón, también hemos perdido el control sobre estos mismos recursos, dejándolos en manos de un sistema económico mundial que, además de las injusticias sociales que conlleva, resulta altamente insostenible.
Desde este punto de vista, podemos concluir que nosotros, los afortunados del planeta, tenemos seguridad alimentaria, pero no soberanía alimentaria. Y la modernidad se nos aparece como una especie de pantalla que se nos interpone a nuestra natural condición. Porqué cuando compramos un tomate en el súper, hay que saber que este tomate viene de algún lado, que alguien lo ha cultivado, que ha sido transportado desde alguna parte y que lo hemos comprado con un dinero del que no todo el mundo dispone. Así que no sería mala idea volver a plantar algún que otro tomate en nuestro balcón para recordar que seguimos dependiendo de la comida que nos da la tierra, como los habitantes de Nueva Guinea o del Beluchistan, como hace 1.000 o 2.000 años.
Tags relacionados: alimentación, seguridad alimentaria
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