dic
2
2010
Autor: Intervida Comentarios: ?
Explica el sociólogo Anthony Giddens que las políticas destinadas a combatir el cambio climático son difíciles de comprender para el electorado de los países del norte. Su impacto es demasiado abstracto y no llega a ser lo suficientemente dramático como para generar el sentido de urgencia necesario para actuar. Para cuando empecemos a padecer sequías, inundaciones masivas, temperaturas elevadas, cambios radicales en las estaciones y perdida irreparable de nuestra biodiversidad, estaremos ya de lleno en el punto de no retorno, sin nada que podamos hacer para solucionarlo.
En África sin embargo el impacto es concreto y palpable. La histórica ciudad de Tumbuctú se cubre de arena ante un desierto que no deja de crecer. El río agoniza y sus habitantes son testigos de los cambios en las frecuencias de las lluvias y en la intensidad de los vientos. Día a día sus pobladores observan modificaciones en las conductas de los animales y pájaros y viven la inquietud de quedar cubiertos por dunas de arena que cambian las corrientes del río y se acercan sin cesar. La zona del Sahel, región de pastoreo que rodea el Sahara, donde millones de africanos se han dedicado a la agricultura y ganadería durante siglos, ve desaparecer sus pocos suelos fértiles tragados por la arena. El nicho ecológico en el que desarrollaron sus vidas estuvo siempre rodeado de incertidumbre, pero hoy este nicho en el que construyeron culturas de gran sofisticación y resiliencia desaparece bajo la amenaza del desierto.
Son aquellas regiones de la tierra con menor impacto y responsabilidad medioambiental donde las trágicas consecuencias del cambio climático golpean primero y con mayor dureza. Culturas construidas sobre una comprensión profunda de su entorno encuentran su modo de vida seriamente amenazado. Sus habitantes experimentan lo que es sobrevivir en una tierra que día a día aumenta su hostilidad y crudeza. Pero su experiencia de amenazas, potencial devastación y perdida de vida es ignorada. No hay dunas amenazando Madrid, New York o Londres.
Si al caminar por las calles de Paris, Roma o Barcelona te has preguntado de donde salen esos jóvenes que intentan vender bolsas, joyas y relojes que a nadie parece interesar, tal vez Tumbuctú o cualquier pueblo del Sahel sea la respuesta. Muchos de ellos son los nuevos refugiados ambientales. Migración que agrega sufrimiento a los pueblos africanos que sin estas manos jóvenes y fuertes se les hace aún más difícil mantener y proveer a la comunidad, acelerando la desintegración de sus modos de vida. Los más ambiciosos y fuertes intentan el peligroso viaje a Europa. Muchos otros alimentan el crecimiento de ciudades como Bamako, capital de Malí y una de las ciudades de mayor crecimiento en África.
A finales de noviembre y hasta el 10 de diciembre la atención mediática se centrará en las conversaciones sobre clima de las Naciones Unidas en Cancún. Se intentará alcanzar un acuerdo sobre reducción de emisiones a la vez que se pretende lograr consenso para compartir tecnología ecológica entre países ricos y naciones en desarrollo. De momento las negociaciones de las 194 naciones sobre cómo compartir los costes de reducir las emisiones de gases invernadero están casi estancadas. El peligro es que el dinero necesario salga de los fondos de ayuda al desarrollo. No sería la primera vez.
En Octubre del 2008, reunidos en París, los países de la zona Euro acordaron liberar un billón setecientos mil millones de euros para reactivar el crédito interbancario y aumentar del 3 al 5 por 100 el nivel de autofinanciación de sus bancos. Como consecuencia los países industrializados redujeron masivamente sus pagos a las agencias internacionales de ayuda humanitaria y los créditos destinados a los países pobres. El Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas (PMA) vio de este modo reducido su presupuesto de seis mil millones de dolares a no más que cuatro mil. En Bangladesh el PMA tuvo que anular las comidas escolares de un millón de niños desnutridos. En los campos de refugiados en suelo keniano, trescientos mil somalíes reciben una ración diaria de 1500 calorías. La Organización Mundial de la Salud fija el mínimo vital en 2200 calorías por adulto y día. “En tales campos, sobre los que ondea la bandera azul y blanca, la propia ONU se encarga de organizar la subalimentación de seres humanos a los que conduce a la agonía y la muerte”, especifica Jean Ziegler, miembro del comité consultivo del Consejo de Derechos del Hombre de la ONU.
Debemos exigir que en Cancún se definan mecanismos de compensación que garanticen que las personas más pobres reciben los fondos que necesitan para afrontar los estragos provocados por el cambio climático en su vida y sus medios de vida. No esperemos a que sea demasiado tarde.
Post escrito por Mescladís.Foto: Emisiones dióxido de carbono en el mundo. Fuente: http://www.worldmapper.org/
Tags relacionados: África, medio ambiente
Recetas para el mundo es el blog sobre seguridad alimentaria de Intervida. Encontrarás consejos culinarios, recetas, historias solidarias y toda la actualidad sobre consumo responsable.
aguaChileMalíconsumo responsableagriculturasostenibilidadecologíadiversidad culturalcampañasalimentaciónpobrezaEcuadororganismos internacionalesderechos humanosÁfricamedio ambienteseguridad alimentariaBoliviavideorecetarecetasbibliotecacooperacióncrisis alimentaria