abr

19

2010

Un espacio para la libertad

Autor: Elsa Egea
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Las Aldeas Jóvenes para la Paz, de la Fundación Servicio Paz y Justicia (SERPAJ) de Argentina, son centros que acogen a jóvenes en situación de pobreza para evitar que acaben en la calle o, en el peor de los casos, en un centro de menores. En las aulas de las Aldeas, se les enseñan diferentes oficios y se les forma intelectualmente, pero sobre todo, se trasmiten valores como la solidaridad o el compañerismo y se refuerza la autoestima.

En Argentina, según UNICEF, hay por lo menos 19.500 chicos y chicas recluidos en institutos de menores, y sólo el 15% de ellos ha tenido algún problema con la ley; el 85% restante fueron derivados a estos centros por cuestiones asistenciales o sociales. Estos chicos, aparte de sufrir constantes violaciones de sus derechos, son vistos por algunos sectores de la sociedad como potenciales delincuentes y víctimas de un estado que, en lugar de restituir sus derechos vulnerados, lo único que hace es castigarlos por ser pobres y enviarlos a un instituto de menores.

Frente a esta realidad, la Fundación Servicio Paz y Justicia (SERPAJ), presidida por el Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, creó en el año 1995 el proyecto Aldeas Jóvenes para la Paz.

Son dos las Aldeas que acogen a estos jóvenes en situación de exclusión social de entre 12 y 19 años. El trabajo que se plantea desde las Aldeas es un trabajo más preventivo: evitar que los chicos y chicas acaben en la calle. Los variados talleres que se ofrecen van desde aprender un oficio, como la carpintería o la fontanería, hasta un taller de cálculo aplicado.

Están ubicadas en distritos semirurales, una en la localidad de General Rodríguez y la otra en la ciudad del Pilar, a unos 50 kilómetros de Buenos Aires. Los chicos no duermen en la Aldea, aun viven con sus padres en Buenos Aires en una de las zonas más pobres y con más violencia del país. La Aldea queda lejos de casa, a casi una hora de viaje, por eso SERPAJ, con el soporte económico de Intervida, proporciona un autobús.

La aldea como el hogar perdido

Unos 300 jóvenes llegan a la Aldea al mediodía, después de sus clases en la escuela. Este es uno de los requisitos indispensables para poder beneficiarse del proyecto, y así también se evita el absentismo escolar. Para ellos, estar en la Aldea es como estar en su casa.

La hora de comer es el punto de encuentro donde los chicos y chicas, educadores y maestros aprovechan para hacer lo que hace una gran familia, preguntarse cómo ha ido el día, explicar los problemas o discusiones que se han ocasionado a lo largo de la mañana con otros compañeros o hacer crítica constructiva los unos con los otros. En definitiva, la Aldea es mucho más que un lugar donde realizar actividades extraescolares, la Aldea es un espacio para compartir y socializarse. El personal se acaba convirtiendo en un referente para ellos, un modelo o patrón al que imitar e intentar parecerse. "A través del trabajo en las Aldeas lo que hacemos es generar espacios de libertad, de consciencia crítica y de valores. No hacemos asistencialismo, lo que hacemos es promoción humana y formación" asegura su presidente, Adolfo Pérez Esquivel.

Trabajo conjunto de la fundación con la familia

Paralelamente al trabajo con los jóvenes, también se trabaja con las familias de los chicos que viven en los barrios. Se intenta hacer un acompañamiento muy amplio porque al chico no se le considera un ente aislado, sino que tiene una pertenencia, aunque muchas veces esté deteriorada. "Encontramos jóvenes que vienen de familias con tres generaciones de parados y una vez se les capacita tienen que comenzar a desarrollar la solidaridad, que es parte de la formación" cuenta Esquivel. Así, por ejemplo, los que hacen electricidad o fontanería tienen que arreglar en sus barrios las instalaciones eléctricas. Los que se dedican a la parte agrícola tienen el trabajo de la huerta familiar, que muchas veces son basureros, y con el pretexto de la huerta comienzan a limpiar. La mayoría de ellos son campesinos que dejaron la práctica de la tierra porque se fueron a las zonas marginales. No es más que recuperar lo que saben.

También se trabaja con las madres. Los trabajadores sociales y psicólogos reúnen a las madres de estos chicos y les enseñan los oficios de la artesanía. Aprenden a tejer y luego venden el material elaborado en las ferias artesanales. Así, contribuyen a levantar las economías familiares. La paradoja de todo ello es que los chicos terminan educando a los padres.

Las Aldeas no son autosostenibles, pero llegan a cubrir gran parte de las necesidades. La financiación por parte del gobierno argentino tan sólo cubre los salarios de los maestros. Todo lo demás se financia con la actividad de la Aldea. Mucho se consume internamente y otra parte se destina al trueque.

"Lo más importante es que a los chicos las drogas, la explotación y la prostitución no les roben la vida ni la esperanza (…) hay formas de cambiar" defiende Pérez Esquivel. La única manera de llegar es la promoción humana, a través de la educación, que conseguirá generar otro tipo de conciencia. Y las aldeas son una alternativa válida con una larga experiencia de trabajo.

Tags relacionados: cooperación, derechos humanos

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