ago
23
2010
Autor: Intervida Comentarios: ?
La violencia dentro de la familia es un problema que afecta a toda la población mundial, pero sus manifestaciones más crudas se hacen patentes en muchos países de América Latina. Una violencia que afecta sobre todo a las mujeres y a los niños y que ha sido declarada como un problema de salud pública por parte de organismos internacionales y los propios estados. Los albergues de acogida nacen como respuesta inmediata a este problema, pero hasta que se solucione, no será posible prescindir de ellos. En el mundo, según Naciones Unidas, más de 6 millones de niños, niñas y adolescentes sufren graves abusos cada año. Las mujeres también son víctimas de violencia, física, sexual o económica y las cifras lo confirman: según la OMS (Organización Mundial de la Salud), una de cada tres mujeres ha padecido violencia en algún momento de su vida. En Nicaragua más de la mitad de las mujeres han sufrido violencia, un 23% física y un 13% sexual. Tanto es así que en 1990 se creó una comisaría especial para la mujer y los niños, que el año pasado registró casi 5.000 denuncias por delitos de violencia dentro de la misma familia. Fue la Comisaría de la Mujer y la Niñez quien informó que en 2009 más de 8.200 niñas y niños, de entre 1 y 16 años, sufrieron abuso sexual y violación en sus diferentes expresiones. Vistos estos escalofriantes números, es urgente encontrar una solución a un problema que día a día afecta a millones de personas. Pero mientras llega una posible solución, ¿qué pasa con las mujeres o los menores que la están padeciendo?, ¿qué escapatoria tiene una mujer, un niño, una niña o un adolescente cuando su agresor vive en su misma casa y además es parte de su familia? A esta situación se tienen que enfrentar miles de personas de todo el mundo que son víctimas durante largos períodos de tiempo, años incluso, de violaciones y abusos sistemáticos por parte de familiares cercanos, maridos, ex parejas, padres, padrastros o tíos. Estas víctimas no tienen dónde acudir cuando se atreven a hacer frente a la situación y denunciar a su agresor porque conviven en la misma casa y la justicia tarda más de lo necesario en resolver o ni siquiera investiga el caso. "Los niños, niñas y adolescentes no son mini-seres humanos con mini-derechos humanos. Pero mientras los adultos continúen considerándolos como tales, la violencia contra los niños, niñas y adolescentes persistirá". M. de Boer-Buquicchio, Secretaria General del Consejo de Europa. Este es un grave problema al que, ante la falta de resolución rápida y eficiente de los gobiernos locales, la sociedad civil da respuesta. Los albergues surgieron como espacios de protección para no morir, pero con el tiempo se ha visto que son necesarios ya que facilitan el acceso a la justicia y les ayudan a reinsertarse en la sociedad. "Este problema al que nos enfrentamos tiene varias causas que impiden una solución, como la sociedad machista en la que vivimos y el difícil acceso a la justicia. El hombre maltratador se siente con más poder que su mujer y sus hijos y los concibe como objetos de su propiedad", asegura Carme Clavell, responsable de género de la AECID en Managua. En la capital de Nicaragua, los albergues o casas para mujeres, niños o adolescentes están funcionando muy bien, como la Casa para Niñas y Adolescentes Mujeres financiada por la AECID (Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo) y gestionada por una oenegé local que, a su vez, se coordina con Intervida.
Este centro acoge a niños y niñas víctimas de violaciones o abusos, que muchas veces no sobrepasan los 6 años, y también adolescentes hasta los 17 años que no tienen un techo para resguardarse. Se encuentra escondido a las afueras de la ciudad de Managua. Protegido por un muro gris de piedra, pocos saben de la existencia del albergue, ya que uno de los objetivos que se pretenden es que las niñas se sientan seguras y a salvo. La sensación de frialdad externa de este hogar temporal no tiene nada que ver con el ambiente que se respira dentro. Al traspasar la puerta, el primer color que se siente es el verde. La casa, en el centro de un gran jardín, da la bienvenida con un cálido porche de madera. Una vez dentro se percibe que nada está puesto por azar, hasta el más mínimo detalle está pensado, por un sólo motivo: que sus niñas se sientan cómodas, alegres y contentas. Y para conseguirlo se ha pensado una decoración en la que predominan techos y muebles de madera, paredes coloreadas con tonos alegres y a su vez pintadas con dibujos llenos de vida y de naturaleza, como por ejemplo flores, hadas o personajes de dibujos animados. Todo el albergue está lleno de pequeños detalles que buscan transmitir la sensación de hogar, algo que se consigue. Se intenta que el ingreso en el albergue sea de forma paulatina, es decir, que la niña entre y salga del albergue sin quedarse a dormir y siempre acompañada por su familia. Así va conociendo a sus compañeras y también la que en las próximas 8 semanas será su casa. Pero esto no puede ser siempre así, hay situaciones denominadas de emergencia, en las que por la gravedad del caso el ingreso es inmediato. Paralelamente, también se trabaja para que la sensación de calidez, de apreciar las cosas bonitas no sea sólo exterior. Por eso se les pide a las niñas que se cuiden, que se sientan guapas. Y esto se consigue a través de la higiene personal y del deporte. Es la manera que tienen de aprender a reconectar con su propio cuerpo.
Uno de los objetivos básicos que se pretende conseguir es que las niñas y adolescentes que residen en el centro no tengan mucho tiempo para pensar en lo que les ha pasado. "Muchas sufren tremendas crisis de ansiedad, sobre todo durante la noche, por eso se lleva a cabo un plan de actividades que las mantiene activas todo el día, "explica Celina Obando, una de las tres psicólogas que, junto a dos trabajadoras sociales y una abogada forman el equipo de profesionales del centro, y prosigue: "Les marcamos una rutina, y eso les da seguridad. No tienen tiempo libre, tan sólo los 40 minutos de siesta y la noche para recuperar fuerzas. Siempre están ocupadas, ya sea en los talleres de danza, en los de deporte, de papiroflexia o en las terapias con las psicólogas, que algunas veces son en grupo y otras individuales". Pero el trabajo psicológico no es sólo con las internas, también se trabaja con la familia. La trabajadora social se ocupa a la vez de la niña y de sus familiares más allegados, los prepara psicológicamente para cuando se produzca el alta. Según la psicóloga del centro se abordan auténticos maratones terapéuticos, "durante el día el trabajo es con las niñas, y por la tarde-noche con las madres para trabajar el perdón a ellas mismas por lo que han pasado sus hijas, ya que muchas veces el abusador aleja a la niña de su madre", explica Celina. No se dan permiso para disfrutar el espacio que tienen, tienen miedo de hablar, de opinar y no reconocen sus emociones, no se dan ni el permiso para estar alegres ni para reconstruir su vida. El problema es que la misma madre siente lo mismo que su hija, y tiene que enfrentarse al abusador de su hija que, a su vez, es su pareja. Y es que afrontar una violación psicológicamente es algo muy duro, como también lo es estar alejada de los seres queridos. Es por este motivo por lo que desde el albergue se intenta en todo momento que las niñas sientan que afuera hay alguien esperándolas. Después de las 8 semanas de ingreso, con sus 56 días y sus 56 noches, vendrá un período de mes y medio de atención diaria, pero durmiendo ya en sus casas.
Las niñas que ingresan muchas veces han estado soportando abusos durante más de uno, dos o tres años, y traen mucho sentimiento de culpa y miedo a nivel personal y miedo a lo que les pueda pasar a sus familiares cercanos al agresor. Esto es porque han vivido mucho tiempo bajo amenaza y chantaje de su abusador. Traen con ellas mucha tristeza y desesperanza, e incluso más de una ha intentado quitarse la vida por la falta de ilusión por vivir. La mayoría van mal en la escuela porque desconectan de todo. El albergue les ayuda a recuperar o encontrar la confianza y la seguridad que han perdido durante mucho tiempo. Es un tiempo para la recuperación emocional. Aprenden reglas de convivencia y a relacionarse entre ellas. Se les enseña que el afecto y la caricia no tiene por qué ser algo malo si aprenden el significado de la asertividad, es decir, aprenden a decir no y a que tienen derecho a decirlo y ser respetadas, porque durante mucho tiempo para su agresor el no que ellas daban era un sí. Pero sobre todo, aprenden a disfrutar de nuevo, a reír, a sentirse vivas y a darse esa oportunidad. El fin de la casa es resguardarlas emocional, física y psicológicamente. Que vuelvan a sentirse dueñas de su cuerpo. El período en el albergue fortalece su seguridad, su autoestima y su confianza. Salen con un plan de vida: una vez recuperada su identidad, vuelven a quererse, se reintegran en su familia, recuperan su identidad y vuelven a la escuela. Cuando estas niñas o adolescentes, o sus propias madres que también sufren violencia, toman conciencia de sus derechos como seres humanos, vencen el miedo y denuncian al agresor, están dando el primer paso necesario para poder salir de la situación que están viviendo y, a la vez, son un ejemplo para otras personas que están en la misma situación que ellas. La violencia, ya sea física, sexual o verbal, que puede empezar dentro del hogar, a la larga, es un problema que nos afecta a todos y al futuro del país que la sufre. Porque los niños, niñas y adolescentes víctimas de violencia padecerán unas consecuencias físicas y emocionales, como la baja autoestima o un bajo rendimiento escolar, que impactará también en la sociedad: aumentará el gasto en salud y a su vez se perderá su capacidad productiva. En resumen, como asegura Naciones Unidas, si un país sufre violencia, no puede haber desarrollo.
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