nov

25

2010

Romper el silencio

Autor: Elsa Egea
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“La gente piensa que siempre soy feliz porque trato de sonreír, pero en realidad mi imagen es la de un payaso, con la sonrisa pintada en la cara, pero el corazón metido en un puño por el dolor de todos estos años".

Ella es María José Berrios, tiene 49 años y trabaja de manera voluntaria para ayudar a los vecinos del barrio de La Primavera-un humilde suburbio de la capital de Nicaragua, Managua- pero en especial, esta mujer de baja estatura, robusta y llena de energía, dedica su vida a ayudar a las mujeres maltratadas a salir del círculo de la violencia, a romper el silencio y denunciar a su agresor.

A los 14 años Maria José se escapó de una violación. Con 17 se casó con su primer marido. Una persona que la dañó en todas las formas de maltrato posible: físico, psicológico y económico. “Yo era muy joven, no sabía nada de la vida, y él hacía lo que quería conmigo” explica, "lo aguanté 3 años, hasta que no pude más”. Maria José no encontró el apoyo de su familia, ni durante ni después de separarse de su agresor, sino todo lo contrario, le aconsejaban que aguantase.

Lo que hizo despertar a María José fue el contacto con otras personas que habían pasado lo mismo que ella. Empezó a trabajar en las organizaciones de vecinos, recibió varias charlas de sensibilización contra el maltrato que Intervida imparte en Managua, y así, adquirió los conocimientos y la fuerza necesaria para ayudar a otras mujeres que se encuentran en esta situación a salir del círculo de la violencia. María José se decidió a transformar toda la mala energía que ella traía consigo por la trágica experiencia vivida en algo positivo. Una solución o posible salida que psicólogos y especialistas recomiendan en estos casos: ayudar a otras víctimas a ganar autoestima y la fuerza suficiente para romper el silencio y cambiar una realidad que las oprime.

Hoy María José, que vive su día a día dedicada a los demás, intenta encontrar a diario un motivo para sonreír, y lo consigue. Es defensora comunitaria, una figura que han creado las propias mujeres que han pasado por el mal trance de ser mujeres maltratadas. Dedican todos sus esfuerzos a velar por la seguridad del resto de mujeres de la comunidad. Ellas las aconsejan, replican el conocimiento que en su día adquirieron y las acompañan en todo el proceso de denuncia policial y judicial.

Sigue viviendo con su madre porque el dinero que obtiene de su propio negocio, la venta de ropa usada, al que le dedica pocas horas por su trabajo para la comunidad, no le permite independizarse. Lo único que le pide a la vida es tener algún día su propia casa para tener un espacio dónde reencontrarse con ella misma, vivir en paz y tranquila.

Según UNIFEM, los estudios muestran que en todo el mundo una de cada tres mujeres será golpeada, forzada a tener relaciones sexuales o sufrirá otro tipo de abuso en el curso de su vida. La educación y la prevención son algunas de las claves para reducir esta elevadísima cifra, ante la que todos tenemos una responsabilidad.

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