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10
2010
Autor: David Pastor Comentarios: ?
China ha hecho pública su intención de cerrar 2.087 fábricas en el país. Se trata de aquellas industrias pesadas más contaminantes, que en palabras del ministro de industria son 'obsoletas, consumen mucha energía, contaminan el medio ambiente y tienen riesgos de seguridad'.
Dicho cierre dice responder a las demandas de reducción de emisiones de gases con efecto invernadero a las que se comprometió en la Cumbre de Copenhague, el diciembre pasado.
Sin embargo, tal decisión, sobre un número de empresas tan importante y que forman parte de la economía básica, indican un cambio de modelo productivo en China, fruto también de su propio desarrollo económico.
Aunque alguna década atrás las industrias chinas atrajeron las inversiones mundiales para estos tipos de productos, de la industria básica y pesada, hoy en día, la economía del país asiático es capaz de competir en toda rama empresarial con cualquier país del mundo. Y lógicamente, como cualquier otro país, preferirá centrarse en aquellos sectores que mayor beneficio generan, los que tengan mayor valor añadido. Y estos no son las industrias pesadas.
Si una vez Europa, EEUU o Japón dejaron de lado las industrias pesadas en sus propios territorios y encargaron a China proveer al mundo de metales, productos químicos o materiales industriales, hoy parecen ser los chinos los que toman este camino. Aunque esta vez, China, en busca de mano de obra barata, recursos naturales y 'flexibilidad' laboral mira a otro continente para sus inversiones. África es de nuevo, como ya lo fuese en los siglos XVIII y XIX, un continente de materias primas.
Siguiendo el cierre de fábricas chinas y desde un punto de vista ambiental, una vez, los países occidentales se hicieron más 'limpios' dejando que China se encargase de las industrias más contaminantes. Hoy, a su vez, China dejará probablemente en manos de África este tipo de producción contaminante, cumpliendo ella sus compromisos de reducción de emisiones. Aunque sobre el papel las cifras encajan, la Tierra no distingue fronteras.
En África, en el año 1990, las inversiones chinas ascendían a unos raquíticos 20 millones de dólares. Para el año 2010 se prevé que esta cifra haya alcanzado los 100.000 millones. La búsqueda de materias primas que puedan sostener el boom económico que China lleva protagonizando los últimos lustros, puede tomarse como el principal impulsor en esta nueva relación.
Algunos de estos contratos llevan contrapartidas chinas que se reflejan en proyectos de desarrollo para el país. Carreteras, hospitales, presas u otras infraestructuras son algunas de estas acciones de cooperación internacional que, sin embargo, en un análisis más detallado surgen sombras sobre el impacto de estas medidas en el país receptor.
Frente a una política de cooperación como la que se desarrolla desde Europa, que apuesta por el cambio de las estructuras sociales, por la democratización o por la transparencia en las estructuras públicas y empresariales como pasos previos e indispensables para el desarrollo (y para obtener fondos de la cooperación), China se mueve por otras vías.
Se da el hecho de que las inversiones o las acciones de cooperación chinas no cuestionan ni condicionan los sistemas sociales, políticos o los niveles de corrupción que puedan existir en el país, y bien es posible decir que se limitan a llegar a acuerdos comercialmente beneficiosos. Puesto que igualmente cierto es que muchas de las infraestructuras y acciones de cooperación se relacionan de forma directa con los intereses económicos en el país.
En cualquier caso, mientras los estados europeos critican esta ligereza con que las acciones de cooperación para el desarrollo chinas se llevan a cabo en África, muchos de los países africanos y sus gobernantes piensan de un modo diferente. En su opinión los chinos invierten en efectivo, en cosas tangibles y no les sermonean sobre su forma de dirigir el país.
Al fin y al cabo es una cooperación cómoda, aunque lógicamente se basa en el principio de no interferencia en asuntos internos, que China exige y promueve, precisamente por sus propias particularidades políticas. El resultado es un incremento en los flujos comerciales, un dinamismo económico muy elevado de África en su conjunto y que, en cifras macroeconómicas, probablemente ha enriquecido al continente más que cuatro décadas de cooperación internacional occidental.
Ahora bien, cabe hacerse alguna pregunta. ¿es este modelo de cooperación el indicado por ser más eficaz a nivel macroeconómico?, ¿puede un país desarrollarse si su estructura pública y social no integra valores democráticos y de transparencia?, ¿a qué tipo de sociedad puede llevar una política de inversiones que no incluya la reducción de la pobreza, el desarrollo sostenible o la mejora de la gobernabilidad?
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